En el corazón de la Estancia, un parque de frutales se despliega como un oasis lleno de vida y color, donde la naturaleza y el esfuerzo humano se entrelazan. Aquí cada frutal cuenta su historia.

Algunos de los árboles, plantados en la década de 1930, se alzan como guardianes del pasado, cargados de historias añejas que se entremezclan con la frescura de nuevas plantaciones. Más de 400 árboles han sido cultivados con dedicación y prácticas orgánicas que respetan la generosidad de la tierra patagónica, dando vida a una sinfonía de sabores: peras, manzanas, ciruelas, cerezas, guindas, duraznos, damascos, higos, membrillos y sauco. Junto con la rosa mosqueta salvaje, que brota libremente en los alrededores, inspiran dulces caseros llenos de tradición.

Cada árbol, ya sea joven o centenario, tiene su historia, cuidado con paciencia y métodos orgánicos que honran el ritmo de la tierra. El compost, elaborado con los desechos del haras, regresa al suelo para alimentarlo, cerrando un ciclo de vida sostenible. El agua, recurso tan valioso en esta región, se distribuye con precisión mediante un sistema de riego por goteo, y las plagas son controladas con productos 100% naturales.

este rincón de Alinco es un reflejo de la conexión eterna entre el hombre y la naturaleza, donde cada hoja, cada rama y cada fruto cuentan una historia de dedicación, respeto y conexión con la tierra.

En Alinco, la huerta crece en abundancia, donde las frutillas, frambuesas, cassis y arándanos maduran bajo el sol patagónico, al igual que una variedad de verduras vibrantes: lechugas crujientes, rúculas frescas, kale, tomates, zanahorias, remolachas de color profundo, y hierbas aromáticas como ciboulette, menta, romero y tomillo. Cada uno de estos frutos y verduras es cultivado con dedicación, para que en cada bocado se sienta el sabor auténtico de nuestra tierra.

Entre los senderos del parque, las rosas, peonías y plantas de lavanda adornan el paisaje, cuyas flores son utilizadas para jabones artesanales que capturan la esencia de la naturaleza.

Nuestra cosecha de frutas, que madura con paciencia y cuidado, da lugar a una variedad de dulces caseros, que conservan la tradición de lo artesanal. Además, nuestras manzanas se convierten en chicha, una sidra casera que, al igual que los otros productos, refleja el alma de nuestra tierra.